Barbie

Desde que era pequeña todo se había reducido a una cuestión de faldas. No importaba nada más que el aspecto físico. Ella lo veía de la mano de su padre. Cuando este se daba la vuelta para mirar a la rubia que hacía temblar el suelo.

Palahniuk dice que la belleza al igual que el dinero y la droga, son poder. Y nuestra pequeña Barbie tuvo esa certeza a los cinco años, cuando ya jugaba a ponerse tacones y pintarse los labios.
Darte cuenta a esa edad de cuál es tu lugar en el mundo no tiene precio. Vas a tener futuro el resto de tu vida, o al menos eso crees. Igual que crees que va a ser joven toda tu vida. Igual que crees que lo de morirse es cosa de los demás.
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Manuel y la guerra civil

Don Manuel tiene noventa años no aparentados, viste de pana y en su cabeza tiene una boina de franela. Está sentado en la antigua rueda de un viejo molino, las dos manos apoyadas en el bastón, el rostro ceñudo y la piel aceitunera. Un aire mágico le envuelve, como a los viejos muebles de roble, a pesar de todo, las termitas del tiempo no han acabado con él, y en sus ojos avinagrados todavía se ven destellos de lucidez, de sabiduría, de duro aprendizaje. Sentado estoy yo, esperando una de sus maravillosas historias, pero como siempre antes tengo que pagarle. El trato consiste en que él me cuenta cosas de su vida y yo le doy cigarrillos.

A un viejo como yo -me dice- ya no le dejan ni fumar, para una alegría que tenía en esta perra vida.

 Con mi mechero le enciendo el cigarrillo y tras la primera calada empieza a toser, exactamente como eso, como un viejo.
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Los veintegenarios

Yo me encontraba sentado en un pupitre deseando que alguien acabara con mi vida. En la clase solo había tíos y tías falsísimos copiando apuntes como puñeteros robots y asintiendo cada vez que la profesora les miraba:

-La resolución de este tipo de ecuaciones puede hacerse por tres métodos distintos: reducción, igualación y por Gauss.

Todos asentían.

-¿Y para qué cojones quiero yo saber tres métodos? -dije sin saber por qué.

-¿Decías algo Capa? -preguntó la profesora. Como si no me hubiera oído.

-Nada, nada…
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Turismo maldito

Ocurrió este verano. Andaba yo tras la ascensión del Monte Perdido cuando me equivoqué de autobús. Cogí el turístico en vez del de montañeros. Al principio no me di cuenta. Pero cuando vi entrando por la puerta del hotel en que desayunaba a un fulano con polo, gafas de sol, pantalones por las rodillas y chanclas de dedo casi me da un pasmo.

El  error había sido mío de equivocarme de autobús, pero el tío este también iba a subir a la montaña. Repito montaña. Y por lo que se ve no le tenía ningún respeto. Pero lo peor no fue eso. Lo peor fue la parienta. Que subió la escalinata del hotel y llegó sofocada y va la tía y se echa un piti, muy agobiada y se pone a hablar por el móvil. Manda huevos.

Esta actitud ante la vida y los sitios me jode que quieren que les diga.  Luego pasan los accidentes viene una tormenta y ves a estos pobres gilipollas llamando como locos al uno, uno, dos, diciendo que hay una tormenta y que vengan a recogerles en helicóptero. A lo que los de la centralita se parten el culo y les dicen que se jodan y que la montaña es así. Y al pan pan y al vino vino.
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Los amados de los dioses mueren jóvenes

Ya lo decían los griegos, hay que morir joven. Aunque ahora eso de joven es relativo. Hay gente que muere joven solo para hacerse mito y pasar a la posteridad. Hay gente que muere joven y ni se ha dado cuenta. Y hay gente que le gusta irse de los lugares cuando todavía tiene la cabeza bien alta. De estos últimos quería hablarles.

El dos de julio de 1961 Hemingway agarra una escopeta y se pega un tiro en la cabeza. ¿Qué? Si señores y añadiría yo, con dos cojones. Y me puse a pensar como un tipo que vivió con una veintena de años la primera guerra mundial, que luego se fue de voluntario a nuestra guerra civil española y que acabó sus andanzas en la segunda guerra mundial, cómo un tipo que escribió una infinidad de libros y cuentos, que fue premio nobel y ganó el pulitzer, cómo un tipo así, con sesenta y un años tuvo las agallas de pegarse un tiro en la cabeza. Sin temor a dejar algo mal atado en la tierra y con más recuerdos que ilusiones.

El caso es que a Hemingway le detectaron una semana antes de su muerte alzheimer y ante la que se le avecinaba dijo adiós por la puerta grande. Como un señor. A la que cuento esto alguno me salta con eso de: suicidarse es de cobardes. No, señor mío. Lo que es de cobardes es aferrarse a la vida. Agarrarse a un clavo ardiendo aunque te quemes las manos. Aferrarte a lo pasajero.
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