Amanecer sangriento

Me fui a ver el amanecer.

Empezó como empiezan todas  las historias. Amiga de una amiga, un pueblo en fiestas  y una mirada. No hizo falta hablar más. Al menos por mi parte. Ella era de cabellos cobrizos y con cara de niña traviesa. Yo tenía ojos grises de perro ciego. Ojos grises de quién no quiere ver, porque no le gusta lo que ve. Caí en su hechizo mucho antes de poder admitirlo. Yo sabía que también le gustaba, me lo susurraban sus ojos color avellana, y nos buscábamos con la mirada. Bailé varios tangos con el ron antes de convencerla para que a solas se encontrara conmigo. Estaba nervioso. No sabía por dónde empezar. Me convencí a mí mismo que mi punto fuerte era improvisar. Improvisa, improvisa, me repetía. La única forma de resultar creíble era ser creíble, era contar la verdad. Cuando quise pararme a pensar ya estaba lejos de allí. Vi la escena como si en vez de yo, estuviera hablando otro. Me veía a mí mismo hablando con ella. Intenté abalanzarme sobre mí, sobre mi yo impostor que estaba a punto de vender mi alma a aquella mujer. Le dijo. Me gustas. Lo volvió a decir. Me gustas mucho. Y ella dijo. Tú a mí también pero… Un céfiro barrió mi visión de la escena desde fuera. Ya estaba otra vez dentro, frente a frente mirándola a los ojos avellana. Pero… ¿qué? Agacho la mirada, y esquivó la mía. No puedo, ahora no… Le cogí la mano y le dije. Es por él… Me dijo que no era por él, pese a preguntar si estaban juntos. Cuando le pregunte si lo habían estado no me dijo nada. Cuando pregunté si le había pegado siguió sin decirme nada.
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Boxeo contra oficinistas

En soltarle un gancho de derecha

Caminando por las calles de la vetusta España, asistí incrédulo en un primer momento y luego entusiasmado en un segundo, a un goyesco espectáculo. La historia sucedió como sigue. Viajaba en el autobús con destino mi casa tras una jornada de estudio simulado, le di al timbre y la luz de PARADA SOLICITADA se encendió con un metálico «clin». Miré al conductor a través del espejo y notaba en sus mecánicos gestos algo de crispación: demasiadas horas al volante y demasiadas viejas exigentes profiriendo quejas en sus bigotudas bocas: tarda mucho, no hay derecho. Ahora vienen dos seguidos, no hay derecho. Y su mítica: esto es vergüenza… A lo que este secuaz del volante contestaba mecánicamente: Si no le gusta se vaya en taxi señora.

Pues así andaba el fulano cuando me dejó en mi parada y torció el mastodóntico autobús hacía una calle muy estrecha de dos carriles. Justamente, yo tenía que cruzar un semáforo donde el autobús tenía que pasar delante de mí. Estaba en verde para los vehículos, pero el autobús estaba parado y no podía pasar, porque en medio del semáforo había un coche de tipo japonés de estos que no sabes si son un monovolumen, un turismo o una berlina, o si es un Honda, un Suzuki o un Daewoo, y ni tan quiera si provienen del Japón, del Sur de Korea, o de cualquier otro Dragón asiático. Se ve que no era su día -el del conductor-, porque el fulano trajeado del coche japonés empezó a echar marcha atrás para aparcar al lado del semáforo.
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Mi tarotista

¡Usted es un escándalo!

A las personas con una salud mental siempre al borde del abismo -como es mi caso-, las personas supuestamente menos abismales nos recomiendan ir al psicólogo, a que nos psicoanalicen que a mí siempre me ha sonado a tacto rectal. Como en todas las casas cuecen habas, y la facultad de psicología parece una casa de putas -esto último es un dato empírico-, pues me he negado a ir, así, rotundamente, no. Así que dispuesto a contar mis neurosis existenciales he decidido llamar a una tarotisa. He decidido renunciar a los servicios de los psicoprostitutos llamados así porque son el amigo o familiar que deberías tener y no tienes; o porque en tu familia prefieren que te escuche otro; al igual que el hombre casado busca en la meretriz lo que no tiene en casa. Dicho y hecho, me he lanzado a intentar mi curación por vía del tarot y del horóscopo. Como hasta la fecha de hoy los psicoprostitutos no se desplazan a los domicilios, y las tarotisas están dispuestas a aliviar mi apesumbrada alma de forma telefónica, elegí la segunda opción, porque siempre elijo la opción más ermitaña, la que implica menos trabajo para mi poco trabajada mente. Así que marque el número:

– ¿Dígame?- me dice una mujer con acento cubano.

-¿Aquí es donde echan el tarot y leen horóscopo?

-Si mi niño… ¿Cómo te llamas?

-Raúl Retana señora..

-¿Qué quiere saber Raúl: el futuro, el dinerito, la salud o el amor?

-No a mí eso no me interesa…
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Un siamés cainita

Tú eres un idiota...

-Eh tú…

-¿Quién? ¿Yo?

-Sí, tú…

-¿Yo o él?

-No, tú, tú… Aquí no hay nadie más, no te hagas el listo…

-Bueno, es que creía que te referías a otro, aparte de tú y yo…

-¿Qué «otro»? ¿Que «tú y yo»? Si solo estamos tú, quiero decir yo…

-¿Quieres decir que somos «uno»? Jo, que desilusión… Estamos solos, quiero decir: estoy solo. Abandonado a los designios…

-¿Por qué desilusión? ¿Qué es eso de solo? Si en realidad no aguantas a la gente, siempre están con sus problemas, lloriqueando, perdiendo el tiempo y no haciendo nada que vaya a pasar a la posteridad. No les necesitamos… Son pesados, mezquinos, cansinos, traicioneros, sin amor a nada, sin compromiso, llenos de miedos e inseguridades…

-Te estás describiendo querido…

-No, yo soy viril…

-Tú eres un idiota.

-Te voy a arrancar la cabeza…

-Dirás «nuestra cabeza».
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Maten a ese hijo de perra

No aguanto a los perros marica...

Si hay algo que exaspera mi ánimo en este mundo es el ruido. No el ruido de la calle  –que también, pero vivo en Madrid y hay que resignarse–, sino el ruido en mi casa. Mi casa para mí es algo sagrado, es un templo budista, una mezquita árabe, un baño turco. Por ello, si hay algo que me exaspera, es el ruido de los vecinos desconsiderados. Y si por añadidura y haciendo un alarde de portentosa imaginación, hay algo que me moleste más que mis vecinos: es el ladrido de perro marica.

No aguanto a los perros marica. Son esa clase de canes, generalmente de minúsculo tamaño, similar a una rata bien nutrida, una rata cachetuda o fondona. A los que sus dueñas se afanan en ponerles quiquis y vestiditos como si fueran una muñeca. Y emiten por sus minúsculas cuerdas vocales un sonido estridente, agudo, que se clava hasta en el último huesecillo del oído, y que es tan ridículo que no te lo puedes tomar en serio.

El verdadero problema empieza cuando el perro emite ese ladrido afeminado de manera continua e incesante a las tres de la mañana un viernes con resaca. El problema es cuando sus dueños que compraron al puto chuchito –decir chucho es excesivo para su tamaño–, se van a trabajar todo el día y lo dejan solo.

Y el can siente en su corazón perruno los estragos de la soledad, y de la vejiga hinchada puesto que solo le bajan diez minutos al día. Y se caga y se mea. Y llora, porque es un perro patada, y está tan solo que nadie puede cumplir la función para la que el creador lo diseñó: darle una patada.
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