Haré estremecer los cielos

Don_Carlos_Spanien

Y aconteció que cuando el sol ya se había puesto, hubo densas tinieblas, y he aquí, apareció un horno humeante y una antorcha de fuego que pasó por entre las mitades de los animales.

Génesis 15:17

Una figura torpe se movía fatigosa en la oscuridad. Portaba una enorme antorcha y su sombra dibujaba una cojera tosca, repulsiva y deforme. No era su único defecto; un hombro más alto que otro y una pequeña joroba componían una imagen grotesca en mitad de la neblina nocturna.

Nadie le llamaba el Jorobado. Ni siquiera el personal del servicio —parlanchín y propicio a los chismorreos— murmuraba a sus espaldas. Nadie se atrevía. Las últimas burlas de sus andares fueron proferidas por una niña que tenía la misma edad que él en aquel entonces, once años. Fue mandada azotar hasta casi desollarla viva. No llegó a morir porque el Rey paró la carnicería. Recompensó generosamente al padre de la criatura a cambio de silencio.

La figura siguió andando lastimosamente hasta que al final llegó a su destino: las caballerizas reales. Apuntó con la antorcha a la puerta de madera y buscó la manilla circular. Una vez abierta, se internó en la oscuridad dejando a los lados decenas de cubículos donde dormitaban de pie los caballos.

Ninguno de ellos se asustó, estaban más que acostumbrados a las antorchas nocturnas y a la presencia humana. Era bastante común que entraran mensajeros reales a altas horas de la noche; gustaban de dejar todo preparado para salir con importantes despachos al alba.

Uno de los mozos de las caballerizas —que dormía al fondo de la estancia junto con los animales— salió al encuentro de la figura. Sin embargo, esa figura hosca no parecía la de un mensajero. Además, su vestimenta en general y su capa en particular delataban una posición social que jamás se hubiera podido permitir un simple emisario. De hecho, no se la hubiera podido permitir ni la más alta nobleza. Al reconocer la cojera, el mozo dio un respingo e inmediatamente se arrodilló.

—Su alteza.

Dijo con cierto temblor en la voz mirando fijamente al suelo.

La figura emitió un extraño gruñido y tardó unos breves instantes en llegar hasta el muchacho, pero cuando lo hizo le propinó un puntapié en la boca dibujando un arco de sangre en el aire. Acto seguido cayeron al suelo varias piezas dentales.

—¿Dónde está? —Preguntó la amorfa figura.

El mozo gimoteaba de rodillas en el suelo, tapándose la boca con la mano y escupiendo lo que debía de ser todo un vaso de sangre y babas.

—¿Dónde está? —Volvió a repetir resoplando.

—¿¿DÓNDE ESTÁ?? —Gritó y su voz resonó como una estampida por toda la caballeriza.

El muchacho balbuceó unas palabras ininteligibles y antes incluso de que pudiera acabar de hablar, aquella figura deforme se movió con una agilidad pasmosa y le propino una patada en el estómago que le hizo retorcerse en el suelo en busca de aire.

Con la antorcha en la mano la figura empezó a introducirse en los cubículos de los caballos, estaban nerviosos tras el alboroto surgido por la paliza.

La figura patizamba fue recorriendo la cuadra antorcha en mano, se aproximaba a cada animal y examinaba su cabeza.  Los caballos retrocedían sobre sus cuartos traseros temerosos al sentir el fuego tan de cerca. Buscaba una mancha blanca moteada. La recordaba bien, puesto que durante aquel mismo día, ese maldito caballo con la cabeza manchada, le había tirado mientras se encontraba de cacería en los montes de el Pardo.

Ante la agresividad inusitada de aquel humano y la violencia con que inspeccionaba los rediles, el ambiente estalló y el miedo se propagó como una reacción en cadena, extendiéndose de un animal a otro, y pronto los animales entre coces y mordiscos no dejaron que aquella figura se les acercara.

Aquel humano giboso, temblando de ira entró en uno de los cubículos y agarró a uno de los caballos columpiándose de su cuello. El equino se desequilibró sobre sus patas delanteras, cayendo abruptamente al suelo. La sombra jorobada se tumbó sobre el pescuezo del animal y recogiendo la antorcha del suelo prendió fuego a la crin y comenzó a acercar la punta incandescente de aquel palo a sus ojos negros.

El caballo dio un respingo en un intento desesperado por huir del fuego y sus quemaduras. Tiró al hombre deforme al suelo, éste, lejos de amilanarse, insistió en su operación hasta que cegó al animal. Acto seguido y como si quisiera estremecer los cielos, fue animal por animal hasta que ya se vio sin energía para cegar a más caballos. Cansado, cogió la antorcha y la lanzó a la paja seca. En pocos minutos todas las caballerizas ardieron en llamas. Unos cuantos mozos que dormían en unas dependencias cercanas, se introdujeron rápidamente en las cuadras y abrieron las puertas a los corceles.

La escena era dantesca. Los animales huían despavoridos, pero al estar ciegos se tropezaban unos con otros, volviéndose a levantar en el mejor de los casos,  rompiéndose alguna caña o cuartilla en la peor de las situaciones.

La figura se alejó despacio contemplando su obra, resoplando y tocándose el pecho hundido. Una fina mueca de depravación se dibujó en su cara. En ese instante cayó en la cuenta del tiempo que hacía que no se divertía. Aquel Rey egoísta y traidor llamado por todos el Prudente le había robado la sonrisa. Pero era la última vez. Estaba decidido a matarlo, no sólo por ser su Rey, sino además por ser el único culpable de haber traído al mundo a un monstruo como él: Carlos de Austria, hijo de Felipe II y heredero al trono por las Cortes de Castilla.

Haré estremecer los cielos