Otra humilde propuesta

Que tiene por objeto evitar que los parados sean una carga para el Estado, ciudadanos  y demás gente de bien; y hacer que redunden en el beneficio del resto de la sociedad. 

I. Introducción

Es propio del buen ciudadano ayudar al gobierno de su nación en época de crisis y convulsiones financieras. Ante las reiteradas quejas del ejecutivo por la falta de ideas efectivas para resolver el drama del paro, me veo en la obligación de aportar ideas que saquen a mi maltrecho país del atolladero en el que se ha metido.

Todo el mundo sabe que el paro es una coqueta dama a la que le gustan los maquillajes, y pese a que desde el gobierno nos digan que anda por el 21%, 22% o 23%; eso significa que andará 3 o 4 puntos por encima. Para redondear –pues no es cuestión de que el presente escrito deprima a las personas de bien, ya que trato de aportar soluciones y no meter más el dedo en la herida– andaremos por el 25%. Es decir, que 1 de cada 4 personas que en España tendría que estar trabajando no lo puede hacer. Sin contar con los jóvenes que encadenan titulaciones, másteres y doctorados como si de cromos se tratase y aparecen en las estadísticas como “ocupados”. En el caso de los jovenzuelos el desempleo ronda el 50%. Es decir, que uno de cada dos que quiere trabajar no puede; y el otro, pues se coloca en Telepizza.

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Apadrina un joven español

Por solo un beso al día puedes ayudar a que uno de estos miembros de la generación perdida...

Mis padres tuvieron que abandonar nuestro país de origen cuando yo apenas había nacido. Éramos una familia surgida en el mundo desarrollado y nos vimos obligados a emigrar. Ahora y tras haber crecido en un país que ya siento como mío, contemplo con mucho pesar como siguen llegando malas noticias de la tierra que habitaron mis abuelos. Y ciertamente, aunque solo viví allí de muy pequeño, me invade una profunda tristeza.

Es por esta razón, por la que me he decidido a adoptar a un joven español, el precio es de tan solo un beso al día. Y desde aquí animo a los habitantes de este resurgido país a que adopten ellos también. Es lo mínimo que pueden hacer, no sean egoístas, afortunadamente nuestros jóvenes tienen acceso a una vida digna con oportunidades. Pero en el país en el que nací, los jóvenes se han convertido en una gran carga para los adultos, y los condenan a encadenar un título tras otro en la universidad, para que cuando salgan al mercado laboral vayan de un trabajo precario a otro. Nunca podrán ser totalmente independientes, ni totalmente inteligentes, ni totalmente seres humanos. Sino que se les condena a vivir en la mediocridad, a medio camino entre la persona y el esclavo.

Y es que ustedes no se pueden hacer una idea de lo que mi padre -que cursó estudios allí- padeció. Llegó un momento en que la situación era tan grave, que se aprendía más estudiando un módulo de formación profesional, que acudiendo a las rancias y anquilosadas clases de universidad, donde el que más trabajaba era el camarero en la cafetería que no fallaba nunca, y dónde la mitad de las asignaturas estaban para justificar sueldos de profesores con enchufe, acomodados en la mediocridad de lo seguro.
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Romanos VI

Nuestro afamado caballo miccionando detrás de un seto

Corría el año 30 del primer milenio de nuestra era, cuando un viajero judío que abandonaba Jerusalén se encontró en su camino a un rico comerciante romano que miraba atónito a su caballo muerto en el suelo. Tenía este la lengua fuera y sus tripas como absorbidas, semejantes a un globo desinflado.

COMERCIANTE:
¿Qué le ocurre buen hombre? ¿Qué le ha pasado a su montura?

ROMANO:
Debe de ser algún problema de gases… Ya verás cuando pille al que me vendió esta caballeriza…

El criado del ROMANO que montaba en burro precisó:

CRIADO:
No sea así amo, ya nos advirtió que este caballo digería muy mal la hierba de Judea, y que como había sido muy bien domado, solo procedía a soltar ventosidades, cuando se hallaba solo, de noche, y nadie le miraba…

ROMANO:
¡Malditos caballos domados! ¡Hasta cuando miccionaba se ponía detrás de un seto! ¡Y si osabas cogerle de las riendas te soltaba una coz! ¡Volveré a por ese desgraciado vendedor de mulas con patas y le enseñaré que a los caballos, por Dios, no se les enseña modales!
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Ojalá ardáis en el infierno

Mis trileros compañeros de Filosofía

Cada día bendigo a Dios por estar en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense de Madrid. Es una facultad normal: no hay demasiados profesores brillantes, tampoco hay mucho dinero para gastar en las instalaciones y hasta compartimos facultad con los de Filología, pero todos estos inconvenientes se compensan con las amistades y compañeros que tengo en esta universidad.

¡Qué universidad! ¡Y qué amistades querido lector! Si os las contara, caeríais de la silla desde la cual leéis. Son amigos que parecen sacados del Lysis de Platón, aquel diálogo en el que se ensalza los valores de la amistad. Son amigos que jamás ustedes podrían pensar que existieran de verdad y muchas veces yo les pellizco para comprobar si son reales.

Y claro que lo son, son tan reales que cualquiera con más sentido común que el que teclea, diría que han sido sacados de los peores pasajes del Leviatán de Hobbes. Pero yo tengo mucha fe en ellos y creo que esa afirmación que circula por ahí de que son unos hijos de puta es un mero rumor. Un simple comentario de envidiosos que anhelan las virtudes de mis queridos compañeros complutenses.

Pero Fígaro, ¿habrás de contarnos los hechos que ejemplifiquen la rectitud de esos compañeros a los que dices tanto amar? Cierto es, de otro modo no hay posibilidad de creer mis palabras. Por ello me dispongo a contar los sucesos que todo el mundo obvia por interés y nadie cuenta por vergüenza.
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El ascenso de Boris Houdini

Boris Houdini retratado cuando era un adulto adolescente

El pequeño Boris Houdini tenía un cociente intelectual de 205. Para hacernos una idea de su ingenio tendríamos que remontarnos a una figura de la talla del alemán Gottfried Leibniz –más conocido como “Leibniz” a secas, o Gottfri para los amigos–, famoso filósofo precursor del principio de Razón Suficiente, cuya demostración tenía que ser lo suficientemente razonable para ser un principio, y no un final, y mucho menos de los malos de Hollywood.

También ideó el cálculo infinitesimal, llamado así por pretender calcular hasta el infinito dos veces y sin respirar. Sin embargo era un broma del sarcástico y muy agudo Gottfri, que los estudiosos de la matemática nunca han llegado a entender. En lugar de ello, solo vieron áreas bajo la curva de una función, que se empeñan en enseñar a aburridos bachilleres que bastante tienen con dilucidar si es hasta el segundo o tercer hielo la medida correcta para llamar a una copa vulgar “cubata”.

Pero volvamos al pequeño Boris y a la dramática historia de su vida, pues tal ingenio y superioridad en los primeros años no hizo sino engrandecer su ego, mucho más cuando entró en la universidad a los ocho años y llegó a doctor de patafísica de la moral a la edad de 13, tesina que tuvo enorme prestigio en la facultad de filosofía y  letras donde se dilucida si es moral o no cortar los jamones a los cerdos belloteros para el disfrute humano.

Houdini antes de cumplir los 18 años había destacado en todo lo que se había propuesto incluso había ganado títulos en las áreas más rocambolesca como en un concurso de mises, en el cual habían pretendido descalificarlo por ser hombre. Él había apelado a que las participantes analizando su C.I estaban muy alejadas de los humanos, más próximas a los simios y de estos últimos ni siquiera a los grandes. Ante tal obviedad, al joven Houdini le dieron el premio miss simpatía de una manera irónica claro está.

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